viernes, 28 de agosto de 2009
Durante todo los días que no estaba presente en Buenos Aires, el me llamaba. Hasta incluso en el medio de las excursiones. Y mientras los guías de las atracciones turísticas hablaban, yo me encontraba agachada al fondo de un genterío hablando por el celular.
Las conversaciones variaban en cuanto a lo que yo le contaba, pero no en cuanto a lo que el me decía. Y cada vez que nombraba un lugar distinto, escuchaba siempre la misma pregunta de su voz ronca : ¿cómo te estás portando?... ¿y cómo me iba a portar? Había ido con el colegio de monjas, profesoras y mis compañeros. ¿qué iba a hacer si nos la pasábamos visitando lugares?
Pero en su cabecita de "fulbito" no entraba tales pensamientos. Y según él, yo estaría con alguien de por ahí o con alguno de mis chiquiles compañeros que lo único que hacían era tirarse nieve.
Entonces, luego me preguntaba cómo la estaba pasando y enseguida si alguien me había tirado "onda".
Una de sus partes mas enfermas obsesivas me la enteré el día que volví de Bariloche: antes de irme, había ido antes a hablar con los choferes del micro para que me cuiden,,,, que papeplón! que enfermo!
lunes, 24 de agosto de 2009
El vestido de la gorda monolingüe
Cuando iba a ver los vestidos también. Preso de su obsesión compulsiva recargada de algo así llamado "celos", el hombre quería ver que era lo que su novia iba a ponerse. Recordando -obviamente- que no podía ser un vestido corto, tampoco uno largo porque sino "llama la atención". Tampoco podía ser muuy escotado ni de un color llamativo. El peinado también iba acompañado de esa manía de meterse en todo, al igual que el maquillaje. No podía ser mucho. Es mas, si fuera por él, hubiese ido a cara lavada.
Pero el destino y su ambición de querer mandar en todo, le jugó la "mala pasada" y yo me puse el vestido que a mi me gustaba, el peinado y maquillaje que quería.
Y al terminar la fiesta tuve un plantón: prácticamente se enojó demasiado cuando la enojada debería ser yo por meterse en todo. Porque en el medio de la fiesta y la música, había algo que no iba bien. Había varios temas musicales que odiaba y que el "dj" que en un momento me pareció copado puso. Y cuando quise ir a quejarme él me frenó. Me dijo que el le había pedido que pase esos temas. Me dió uan bronca terrible: era mi fiesta, no la de él y su mal gusto musical. Pero no quería enojarme, quería disfrutar.
Un mes mas tarde, el colegio había organizado un viaje a Bariloche. Creo que es el recuerdo mas lindo de ese colegio de monjas. Y como todo colegio de monjas estaba bastante bien, salvo que en invierno no encendían mucho la calefacción y en verano había que rogar para que prendar los ventiladores pasados de tecnología.
Mis viejos quería que vaya, al igual que mi mejor amiga. Pero algo me ataba a Buenos Aires. Sentía un cierto temor por irme y volver y encontrarme sola. Sin novio.
Creo que ese fue uno de mis miedos y por eso no lo dejé antes. Porque si bien uno siente cosas por otra persona, cuando esta se está pasando de rosca, se deja de sentir con la misma intensidad. Quería conocer la nieve y a la vez estar con alguien, dado que en los planes de Diego, la palabra "bariloche" no entraba dentro de su posible menú de permitidos. Y así como cualquier persona que hace régimen ansía los permitidos, Diego los descartaba tempranamente.
Unos días antes de irme y el de dejarme, mi vieja habló seriamente con él. Si me amaba como decia no tenía porque prohibirme todo. Y dentro del "todo" entran las chicas, las salidas a los boliches que tando deseaba, la ropa, el maquillaje, estudiar inglés, hacer dieta e ir al gimnasio. Ahhh porque claro! El no quería que vaya ni una sola vez. Pero yo quería ir igual: estaba subiendo un poquiito de peso. Según él, si yo iba al gimnasio o a inglés y a cualquier actividad, perdía tiempo porque no lo pasábamos juntos.
Entonces, al ver que iba a ir igual sin importarme lo que diga, él se pagó el mes y venía con un amigo al gimnasio donde yo iba. ¡Que verguenza! Ni para ir al gimnasio me lo podía despegar de encima!
Así, como si fuera fiel a Dios y fuera los domingos a la iglesia, venía absolutamente todos los días en los que iba al gimnasio. Y así pasaron unas clases, y no quise ir más. Y así es como quedé gorda y monolingüe. A tal punto que hoy odio hablar y escribir en inglés.-
viernes, 21 de agosto de 2009
¿La telenovela de la tarde?
Hoy, a pocos días de cumplir mis 19 pequeños años, recuerdo como nos habíamos preparado para mi cumpleaños de quince. Presa de la ilusión de cualquier quinceañera, yo quería mi fiesta. Y así se hizo. Aunque en el medio hubo varios inconvenientes…
Todavía recuerdo esos días en que visitábamos diversos salones con mi vieja y mi abu. Hacíamos recorridos intensos, preguntando absolutamente todo.
Sucedió que en una de esas visitas –que las hacíamos los días de semana- yo “debía” verlo. En realidad, los veía todos los días de la semana. Nos llamábamos todos los malditos días y nos peleábamos – claro- todos los putos días. Era costumbre de él llamar y preguntar que estaba haciendo, como había llegado del colegio o simplemente que había comido. Me tenía dominada hasta la parte más profunda de mi ser. Y me gustaba, me encantaba.
En mi casa siempre me había apoyado en todo. No me puedo quejar: nunca me brindaron amor de menos. Siempre lo justo y necesario. Pero sentía que él me hacía aún más feliz. Me llenaba de besos y abrazos. Y por supuesto que también de llamadas telefónicas. Incluso, la madre no lo dejaba usar el teléfono, y el siempre se iba a un teléfono público. Estaba fascinado conmigo, aunque me miraba de una manera totalmente de posesión.
Un día fuimos a ver un salón cualquiera relativamente cerca de donde vivía. Había quedado con Diego que lo encontraría a las 18 hs. en mi casa, pensando que iba a llegar.
Y no llegué. Entré a mi casa a eso de las 19 hs –una hora mas tarde de lo pactado- y lo llamé enseguida a su celular. Pero no me contestó, y como era obvio: estaba enojado. ¿Enojado? Si, muy enojado. Escuché en mis oídos las palabras más feas que nunca había escuchado antes. Por supuesto que para él, llegar una hora tarde era sinónimo de que no lo “amaba”. De que no lo quería.
Por suerte –o por desgracia- se hallaba a pocas cuadras de mi casa, esperándome como un infeliz, mirando los autos pasar. Lo fui a buscar, haciendo el papelón más grande de mi vida. Y como si fuera poco, llegamos a mi casa y no quería entrar. Por lo tanto, estuvimos discutiendo afuera. Si afuera, a la vista de mis vecinos porque él – y sus estúpidos caprichitos- no quería entrar.
Quizá la parte más cómica fue que mi vieja escuchaba los gritos y las puteadas, y salió afuera, haciéndome entrar a mi casa tirándome de los pelos y susurrándome “pendeja entra que esto es un conventillo bárbaro”. Y era un conventillo: los remiseros de enfrente miraban como locos, como si estuvieran viendo la telenovela de la tarde.
Anécdotas así tengo varias. Ahora me rio de ellas, pero son para llorarlas.
miércoles, 19 de agosto de 2009
Enferma como él
No solo lo llama en los recreos, sino que exigía que también lo haga después de cenar. Era costumbre suya llamar a mi casa y colgar a ve si estaba conectada a Internet. De hecho, no podía tener Messenger, ni cuenta de mail. Ni nada parecido que implicara conversar con otras personas.
El tema de la ropa era un punto aparte. No podía usar remeras escotadas ni mini faldas. A los 12 recién comencé a usarlas, y ya a los 13 las había dejado colgadas en las perchas de mi grandioso placard. Un día se me ocurrió salir con una de mis brillantes polleras… ¿para qué? Escándalo fue poco. Grito y habló como un cerdo. Y nunca más me la puse. Y nunca más la volví a usar.
Odiaba tanto que este constantemente buscando el pelo al huevo. Cualquier cosa era motivo de enojos y peleas.
Mis amigas me criticaban constantemente. Y tenían cierta razón. Pero no podía contra él: pasaba el tiempo y seguía pensando que era mucho para mi, y yo en cambio nada. Siguió pasando el tiempo y me convertí en una persona igual a él. Estaba enferma.
lunes, 17 de agosto de 2009
Incorregible manera de celar
Odiaba que me junte con las chichas, y más aún si era después del colegio. Para él, el tiempo era solo para su presencia y no podía compartirlo con nadie en particular.
Le encantaba irme a buscar siempre. A cualquier lugar. Sin importar donde.
Nunca voy a olvidar el día que nos juntábamos en casa de Ana a merendar y cenar para despedir el año. Me había vestido con mis mejores trapos (que por cierto, eran varios), y estaba totalmente feliz de ir. En general, siempre me gustaron las fiestas, los cumpleaños y demás.
Pero a la cene no llegué: me fue a buscar a la casa de mi amiga a las 19.30 horas sin ningún motivo. Y yo –esclava de sus acciones y palabras- obedecía.
Mi vieja siempre me preguntaba por qué me volvía temprano a todo lugar al que iba sola. Es decir, sin Diego. Y la verdad, me daba mucha vergüenza decir que era justo él el que venía a buscarme temprano sin razón. El que me venía a buscar temprano por sus torpes e incorregibles celos.
Así era como mentía y solía decir que me aburría con mis amigas, y que prefería estar en casa.
Siempre tuve miedo de desafiar a su vulnerable manera de celar. Mas tarde entendí el porque.
jueves, 13 de agosto de 2009
La nueva "Betancourt"
A veces extraño esos tres años. Pienso que debería no haber sido presa de los celos de otro; que debí salir mas con mis amigas... en fin... debería no haber sido tan betancourt, tan dominada. Pero las cosas sucedieron así.
Me hacía llamarlo todos los días a la casa cuando yo tenía un recreito del colegio. Y no podía no hacerlo, porque sino -según él- no demostraba que lo quería. Odiaba tanto llamarlo todos los días de ese puto teléfono público y aguantar todas las gastadas de los demás. No solo pedía que lo llame en un recreo, sino que en los dos, mientras él estaba en su casa vagueando, sin hacer nada. Prácticamente un parásito. Un parásito que me podía de todas maneras.
Todo se agravó mas cuando llegó la época de mi cumpleaños de 15. Ni hablar de los cumpleaños de mis otras compañeras, a las que no solo tenía que pedirle que lo invitaran a él (para controlarme, claro), sino que, si me decían que no... no podía asistir a ellos.
Y como todos los caprichos de él, tenía que cumplirlo. Sino, no lo quería. ¿se puede ser tan enfermo?
miércoles, 12 de agosto de 2009
Inseguridad total
Digamos que era una betancourt cualquiera: no podía ir a ningún lado sin avisarle. Estaba presa de una persona que podría haber conquistado a cualquiera, y por inspiración divina llegó a mi.
Al principio me parecía que cualquier "celo" era prueba de amor, pero las cosas se fueron agravando a medida que pasaba el tiempo. Y en vez de tenerme mas confianza, sentía mas inseguridad. Inseguridad que no lo dejaba vivir.
Al poco tiempo de salir -ponele que 4 meses- dejó la facultad y solo se dedicaba a irme a buscar al colegio. Había tomado el papel de mis viejos y abandonado el de novio. Y a mi, producto de la desfachatez social, me encataba que me vaya a buscar. Hasta que comprendí, y razoné que ese no era su lugar... y tampoco era el mio.